Por: Andrés Gallo*

En la sociedad actual, el consumo hace parte esencial del desarrollo y la música no es un elemento ajeno a ello. El consumo de la música, me atrevería a decir sin censo alguno, supera al consumo de cualquier otro ítem. La música se consume más que la comida, que la ropa, que el licor, que los libros.

Un restaurante tiene una selección intuitiva de repertorio musical, seguramente, de acuerdo al estilo de su comida; en algunas salas de espera de consultorios médicos y odontológicos, encontrará una ‘playlist’ conforme a lo que, quién decidió reproducirla, piense por música relajante, de ambiente; en el sistema de transporte público, el asunto es un poco más delicado (por cierto, aún no entiendo por qué en los buses colombianos hay parlantes en la parte de atrás). Si es en un bus o en un taxi, diría que la escogencia musical obedece sólo al gusto del señor conductor o ¿será que las estaciones radiales pagan a las flotas para que se sintonice su emisora? y sí es en una estación de metro, habrá un encargado, me imagino, pero dudo de un plan educativo, porque, ¿para qué? En un centro comercial, la selección musical varía tanto dependiendo del estrato sociocultural de su población objetivo, que sugiere una planeación para ello, pero seguramente, basada en el gusto. En fin, restaurantes, bares, centros comerciales, pasarelas de moda, sistema de transporte, radio, cine, televisión, videojuegos, aplicaciones, baños públicos, ¡hasta algunos parqueaderos tienen música!, que la escuchemos o no, es otra discusión. 

Espero que hasta ahora no haya ningún inconveniente con la anterior premisa del consumo musical. La sociedad, o bien es melómana o aborrece el silencio (o ambas). Pues bien, asumo que de todo lo consumido, se tiene alguna correlación de conocimiento, es decir, lo ejemplifico: debido a la condición humana de necesidad de alimentación diaria, tarde o temprano, nos veremos obligados a tener un mínimo de conocimiento en nutrición, compras de alimentos, preparación, cocción, entre otras variables. Menciono la comida por hacer un factor común entre el lector y yo, sin embargo, cada uno sabrá cuál es su mayor consumo, si entretenimiento, libros, deporte, ciencia, política y su correlación de conocimiento al tema, que algún mínimo habrá.

Sería pues lógico pensar en una relación directamente proporcional entre conocimiento de lo consumido y su consumo, pero no es el caso de la música. Para ser la música tan consumida, el conocimiento de su naturaleza es casi nulo (más adelante intentaré dar pistas sobre cuál es su naturaleza).

¿Cómo se puede conocer tan poco de algo tan altamente consumido? Si usted lector, está en desacuerdo con la premisa, lo reto descaradamente a definir la palabra ‘ritmo’, regalo del vocablo musical al mundo y que seguro ya la habrá usado unas tantas veces. Aceptemos pues que de música no sabemos pero sentimos, y permítame desarrollar esta idea.

Planteo que sentimos porque es innegable que la música posee una capacidad motora para generar emoción, a algunos simplemente los domina a tal punto de obligarlos a moverse, inclusive, inadvertidamente. Pero como diría el musicólogo Enrico Fubini, “La aceptación del placer como factor orgánicamente unido a la función musical, persiste como un arma de doble filo en el curso de la historia del pensamiento musical” (La Estética musical desde la antigüedad, hasta el siglo XX. Fubino, E. p. 80). 

Es decir, sencillamente, suena tan bueno y tan sabroso que poca seriedad al análisis requiere, nos aborda la emotividad y se desvanece la razón, inclusive en algunos casos, por miedo a la falsa creencia de perder conexión emocional y así, paso a paso, se vuelve cosa de ocio.

Y es que esa cualidad que cautiva a las masas, al mismo tiempo que al individuo, capaz de abordar todo el espectro de emociones humanas, se encuentra en pocas cosas. Sería pues un atropello eliminar la faceta de fruición musical, ¡no me mal interprete!, así como lo sería el retirar el entretenimiento de la vida humana. Pero que todo consumo musical sea a través de y para el entretenimiento, es una dieta auditiva peligrosa en la formación mental.

Estas ideas del consumo musical con relación al desarrollo personal no son nuevas, pues ya los helénicos, padres de nuestra civilización occidental, hablaban del Ethos, encargado de lo que llamaríamos hoy en día, ‘la personalidad’ y el cual se puede alterar por medio de la música. También Homero y muchos otros importantes personajes hablaban maravillas homeopáticas del poder musical: 

El gran Homero nos enseñó que la música es útil al hombre. Al querer demostrarnos que efectivamente, sirve en numerosísimas circunstancias, nos presentó a Aquiles calmando su cólera contra Agamenón por medio de la música que le enseñara el sabio Qurión (De Musica. Pseudo Plutarco, Siglo III).

Estos y un sin número de ‘piropos’ poéticos se encuentran en frases de grandes pensadores cuando se refieren a la música. “La gimnasia es medicina del cuerpo, así como la música es medicina del alma” o “es propia de las musas, el hombre puede apropiarse solamente a cierto nivel, cuando alcanza la Sophia” (Fedro, Dialogos de Platón, 370 a. C).

Todas estas son versiones ornamentadas y profundas de un precepto ordinario, actual y no menos profundo, muy escuchado por estos días: 

“Es que la vida sin música, no es vida”. Esta tesis ligeramente atribuida (aunque cierta), no tiene motivación alguna salvo el amor subjetivo de a quien apasiona.

Concordemos pues que una pseudo academia sin método científico, sumado a declaraciones homeopáticas del sonido, más consagraciones poéticas, o en el mejor de los casos, apreciaciones sicológicas que pretenden resolver un carácter utilitario de la música, no son argumentos que hagan juicio al desentrañamiento de la naturaleza propia del discurso musical. Ya vamos comprendiendo por qué abunda el desconocimiento en algo tan habitual. 

Sin embargo, en el fondo de este oscurantismo subjetivo, la luz de la sinapsis de un héroe empezará a marcar una línea fina y escasa de conocimiento, que cada vez, se volverá más brillante. Pitágoras, a él se le atribuye la primera búsqueda de la lógica en el sonido y su sistema de relación, al cual, la humanidad parece responder de manera similar a pesar de nuestra condición cultural. Este personaje, abrió un portal para entender el funcionamiento del lenguaje entre la disonancia y la consonancia, elementos básicos de la música, por medio de su materia prima: el sonido y el silencio.

Esta confluencia de lo “bueno” y lo “malo” en un mismo sistema, motivaba a Pitágoras a encontrar una representación de la lógica universal en lo auditivo. Aquí nace la inspiración, un lugar concreto del sistema y no por ello menos mágico. Esta idea de un sistema lógico auditivo (y sagrado), pasó, como el fuego que pasa de antorcha en antorcha, primero a Aristóxeno, hasta los primeros teóricos del renacimiento carolingio, hasta ver el nacimiento de la polifonía y la necesidad de estructurar un sistema de notación (grandes e irresponsables saltos históricos, pero correctos, en los cuales se puede ahondar en el libro: La estética musical desde la antigüedad hasta el siglo XX de Enrico Fubini).

Después de este descubrimiento y con sus avances en los siglos venideros, la creación de un sistema humano para entender dicha lógica, permitió que la obra musical se independizara de la intuición, no en todos los géneros, no en todas sus expresiones y no en todos sus exponentes, pero lo logró. 

Sin dicho entendimiento del sistema, los grandes compositores jamás hubieran podido estructurar y desarrollar sus obras por más de lo que una retentiva humana pudiera ofrecer, es decir, sería imposible concebir una ópera de Wagner como el Anillo de los Nibelungos, pero sí una pieza de tres, cuatro, cinco minutos, o el tiempo que la memoria a corto plazo pueda. No con esto pretendo demeritar la capacidad de la tradición oral, ¡ni más faltaba!, pero sí reconocer objetivamente sus limitaciones. 

Tengo fe en la escucha del sentido de desarrollo de una obra, (sus elementos, su retórica, su sintáxis), pues allí yace la clave definitiva para enriquecer la apreciación musical, la cual tendrá consecuencias contundentes a largo plazo en la evolución culta de nuestra mente. No encuentro mejor definición de esta construcción de obra musical, que la establecida por el maestro Gustavo Yepes: “Ordenación intencionada del tiempo por medio, tanto de sonidos como de su ausencia, para conformar un organismo, un todo, un universo inventado, una obra” (Tratado del Lenguaje Tonal. Yepes, G. 2014). 

En conclusión, si el oyente, es capaz de percibir una intención ordenada de sonido en el discurso musical, está yendo más allá de la fruición y le aseguro que no por eso perderá magia. No tenga miedo a entender de gramática, semántica y etimología que esto jamás ha hecho que un libro sea menos divertido o emocionante. Lo mismo le sugiero con los elementos musicales, pues son necesarios para un mejor acercamiento. Como dijo Aristóteles, (con esta perla que nos regala antes de efectuar cualquier opinión): “Es cosa bien difícil, cuando no imposible, convertirse en buenos jueces respecto de actividades que no se saben ejecutar” (La Política, Libro VII. Aristóteles). 

Yo los invito con este artículo a ver un mensaje alentador, bien sea usted músico por profesión o no: 

No olvide su intuición musical, ni pierda la pasión y sus gustos cultivados, yo sólo le aseguro un rango más extenso de apreciación al permitirse concebir la narrativa construida en la música, pues hay un mundo más allá del ocio, capaz de transformarlo a usted como individuo a largo plazo y por ende, su entorno.

*Músico compositor, Universidad EAFIT
MA in Scoring, DI
T.