Por: Daniel Samartin

Conocí a Margarita Mesa en el taller que daba el escritor Gustavo Gómez Vélez que para ese entonces tenía por nombre RENATA, fue uno de mis primeros talleres, vi en ella a una señora alegre, carismática y apasionada tanto en la lectura como en la escritura.

Con el pasar de los días me atreví hablarle para admirar esa pasión y escuchar los poemas que ella recitaba de memoria, abrazaba los libros como si de hijos se trataran y gracias a ella pude sentir esa misma pasión que ahora me cobija, aquella mujer que nació en un pueblo de Antioquía llamado Liborina, terminó viviendo en el municipio de Itagüí y me sorprendía que una mujer tan talentosa como ella no fuera conocida por casi nadie, pero ella misma me decía siempre lo mismo: «Quien por amor al arte a la fama se entrega entonces así mismo se traiciona», esas palabras me seguían como la conciencia del protagonista de “Crimen y castigo”.

  Margarita Mesa fue hija de una gran lectora quien le enseñaba a sus semejantes escindiendo los libros en un baúl y aquella niña traviesa los sacaba para leer a escondidas y con el tiempo decidió acogerse a los brazos de la literatura, siempre tenía una y mil historias para contarme cada vez que la visitaba y gracias a ella conocí la obra de Gustavo Adolfo Bécquer y a los más grandes poetas españoles y latinoamericanos,

  me enseñó autores de todo el mundo y gracias a ella como también del escritor Rafael Aguirre, pude alimentar ese hambre de conocimiento que como el terrorífico Wendigo no podía zacear, fue tanto lo que aprendí y los libros que de su biblioteca leí que me siento agradecido con ella, fue amiga de tantos y enemiga de pocos de los cuales no dio importancia, ella fue como esa abuela que quise tener, era ella la que me formó como el escritor apasionado que soy y saber que la literatura es la verdadera agua de vida y no un mero túnel que nada lo cubre. Por desgracia Caronte la llevo en su barca donde las nubes se volvieron ceniza, murió su cuerpo pero no su obra.

Pequeña oración

Bien se mi buen señor que soy migaja    
Una pavesa que se lleva el viento,   
Soy la cantiga que perdió el aliento.    
Un átomo finito de la nada.

Mi pequeña oración está cansada     
De trasegar sendero polvoriento.     
Se fatiga mi ser y está sediento    
Quiere beber tu gracia, arrodillada.

A pesar de esta es vana mi tarea      
Imploro tu perdón como presea     
Y el castigo lo recibo penitente.

Da tregua a mi dolor, se panacea     
No te ocultes señor, has que te vea      
Mi pobre corazón que está doliente.

El mundo de mis poemas

Hay un sitio real e imaginario,     
Territorio velado de mis sueños.     
Es el mágico mundo de mi alma,       
Jardín providencial de mis poemas.

Placentero es su valle y complaciente,     
Liberado de intrigas y de rejas.      
Me protege en sus bajos decibelios      
Del ruido y la materia, que me ciegan.

Allí viaja mi ser, con sus cantigas,     
A remover la paz del sentimiento.      
Una brisa encantada lo sustenta      
Desactivando el polvorín de quejas.

Cultivo en él semillas de armonía       
Y voy quemando las palabras necias.     
Cuando quieran venir a conocerlo;      
Sabrán que no se venden a ningún precio.

Puedes contar conmigo

Puedes contar conmigo, ahora y siempre.     
Cuando la pena invada tus espacios,     
Cerque tu mente, y rencillosa      
Quiera desanidar tus alegrías.

No importa la distancia ni el horario.     
Puedes hablarme y oiré tu queja.

Cuando la soledad, inoportuna      
Ocupe los entornos del vecino;      
O sigilosamente llegue  
Cómo sombra por todos los rincones     
Puedes llamarme, y estaré lista    
Sin cuestionar el fin de tus razones.

Si en tu sendero hallas la tristeza;     
Río caudaloso que bloquea      
De todas tus virtudes, la constancia;     
Puedes lanzarte o cruzar el puente,      
Con la seguridad de hallarme   
En la primera orilla.

Me convierto en refugio;     
Vivo con la esperanza que nunca desfallece.    
Poeta soy pero tangible;   
Soñador, con los ojos abiertos.

Que llevo un excedente de alegría      
Para injertarla cuando tú decidas.   
Puedes contar conmigo, y si quieres;    
Puedes llamarme     
TU MEJOR AMIGO.

Tambores de la fe y la esperanza

Para la paz, sitiada en las condenas,    
templaremos más fuerte, los tambores;    
subirá el rataplán a los Alcores      
y marchará también por las Callejas.

Las capitulaciones, no despejan     
los caminos de paz, ni siembran flores.     
Son un cuento sin fin, falsos rumores;     
alegorías vanas y complejas.

Para la fe con ojos desvendados,     
Levantemos las voces sin enfado,     
Y el tan tan, de tambores, hasta el cielo.

Todavía tenemos dos legados;      
desactivar las minas del sembrado;      
Y salvar a la esperanza, de los duelos.

Silencio final

Cuando llegue la noche permanente;    
otros me llevarán hasta el silencio.     
Ya no tendrá alborada la materia;     
y el viaje, será al mundo del suspenso.

Y mi alma; inconforme y lastimada,    
quitará su envoltorio de defectos.     
Empacará los sueños, las palabras;     
y volverá puntual, al elemento.

Sobre el cojín naranja del relámpago,    
se irá después, sin un aviso previo;   
y si hay verano, envuelta en celajes,     
que deja el sol, cuando se lleva el fuego.

Se apagará mi lámpara una tarde.     
O cargará su lumbre hasta la noche.   
Pero sé que me iré;    
tal vez una mañana, encendida de luz    
y sin apegos.     
En la sutil fragancia que ha dejado   
la rosa imaginaria de los vientos.

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