Por: Rodrigo Morales Tamayo

El 2020 nos partió la historia y con su violenta arremetida de miedo y prohibición nos recordó lo frágil de la existencia humana.  Nada será igual pues llevaremos la marca del tiempo transcurrido en distanciamiento y encierro. Ya hace parte de nuestra historia.

 Y es que de eso está hecha la narrativa de la vida humana. De los mojones de memoria que nos cifran en el espacio – tiempo. 

Muchos asuntos habrá que repensar y re significar en la construcción de una nueva forma de ser social, de vivir en comunidad, de buscar el bien común y luchar por la felicidad. 

Y es el hilo de la historia el que nos permitirá tejer, de ser posible, ese nuevo contrato social. Esta experiencia colectiva de alejados y juntos ha evidenciado el poder dinámico de las artes como universo simbólico para hacer posible la mesura y templanza de espíritu ante la adversidad. 

Algunos habremos escuchado con más atención la música que nos hace vibrar o nuevas madejas de palabras en libros aplazados, o visto una danza que no sospechábamos y nos emociona, o sentirse atrapado por el color y la forma de una pintura que invade nuestros sentidos, o una puesta en escena de sorprendente dramaturgia que nos cuestiona la existencia o nos llena de alegría. O la contundente belleza de la naturaleza en su esplendor que nos mira pletórica de vida a través de las ventanas de nuestro encierro como a criaturas exóticas. 

Somos testigos de excepción de una historia que no olvidaremos y para tejer juntos ese nuevo lenguaje, hemos de reconocer y valorar el arte y sus autores que nos salvan de la náusea y nos alientan a mirar optimistas nuevas posibilidades. 

En consecuencia y de manera coherente con esta afirmación, no es el arte un accesorio para la vida del hombre, como no lo es el canto para el jilguero.